Wednesday, August 26, 2026

Bienvenida o Bienvenido mi amor.

«Sed fecundos y multiplicaos» (Génesis 1:28).
Creo que cada uno de nosotros es un espíritu: un ángel vivo, por así decirlo. Comenzamos como una chispa: un ser diminuto e infinito, un alma, un ángel al que Dios otorga una nueva vida.
Algunos ángeles eligen permanecer libres de las pruebas del mundo —el sufrimiento, la enfermedad, la alegría, el amor, el hambre, el frío y toda forma de dolor—. Simplemente desean velar por nosotros. Sin embargo, incluso estas chispas celestiales anhelan, en algún momento, volverse mortales una vez más: amar y ser amadas de nuevo. Piden a Dios el preciado regalo de la vida, deseando experimentar todas las maravillas que ofrece, aunque sea una vez más.
Nuestras vidas se entrelazan como un tapiz de seda infinito, mecido suavemente por la brisa, sin un principio ni un fin verdaderos. Fluyen como un tejido vivo y eterno de la existencia.
Aunque son diminutos, frágiles y dependen totalmente de nosotros, los recién nacidos comprenden mucho más en esos primeros instantes de lo que los adultos solemos admitir —o incluso de lo que queremos reconocer—.
En los breves segundos posteriores al nacimiento, sus ojos escudriñan nuestros rostros con intensidad, como si tras ellos parpadearan recuerdos difusos de una vida anterior. Buscan seguridad: saber que los amamos, que los deseamos y que les damos la bienvenida de nuevo a este mundo.
¿Qué mayor regalo podemos ofrecer que corresponder a esa mirada con el corazón abierto y decir, sin palabras: «Sí, pequeño… estás en casa»?
-Newt Livesay

Publicado originalmente el 21 de abril de 2011 (c)

Republicado el 22 de marzo de 2026 (c)
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