«Sed fecundos y multiplicaos» (Génesis 1:28).
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Creo que cada uno de nosotros es un espíritu: un ángel vivo, por así decirlo. Comenzamos como una chispa: un ser diminuto e infinito, un alma, un ángel al que Dios otorga una nueva vida.
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Algunos ángeles eligen permanecer libres de las pruebas del mundo —el sufrimiento, la enfermedad, la alegría, el amor, el hambre, el frío y toda forma de dolor—. Simplemente desean velar por nosotros. Sin embargo, incluso estas chispas celestiales anhelan, en algún momento, volverse mortales una vez más: amar y ser amadas de nuevo. Piden a Dios el preciado regalo de la vida, deseando experimentar todas las maravillas que ofrece, aunque sea una vez más.
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Nuestras vidas se entrelazan como un tapiz de seda infinito, mecido suavemente por la brisa, sin un principio ni un fin verdaderos. Fluyen como un tejido vivo y eterno de la existencia.
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Aunque son diminutos, frágiles y dependen totalmente de nosotros, los recién nacidos comprenden mucho más en esos primeros instantes de lo que los adultos solemos admitir —o incluso de lo que queremos reconocer—.
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En los breves segundos posteriores al nacimiento, sus ojos escudriñan nuestros rostros con intensidad, como si tras ellos parpadearan recuerdos difusos de una vida anterior. Buscan seguridad: saber que los amamos, que los deseamos y que les damos la bienvenida de nuevo a este mundo.
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¿Qué mayor regalo podemos ofrecer que corresponder a esa mirada con el corazón abierto y decir, sin palabras: «Sí, pequeño… estás en casa»?
-Newt Livesay
Publicado originalmente el 21 de abril de 2011 (c)
Republicado el 22 de marzo de 2026 (c)
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